Fotograma de 'The straigh story'
Posiblemente al ser humano no le iría como le va si fuera algo más consciente de la muerte. La teme, la sufre en cuerpo ajeno, algunos incluso la esperan. Pero pocos la respetan como auténticos damas y caballeros: esperando su llegada con la vida entre las manos, intentando aprovecharla en cada momento. La única forma de demostrar ser realmente consciente de esta limitación existencial y sacarle partido es abrazando el milagro de ser. El resto es desgaste, pobreza de espíritu, palabrería. Vale más un hombre que viaja en tractor para hacer las paces que ciento besando a la muerte, jugando a ese amor cortés y romántico donde nadie se ama, donde nadie se tiene realmente. Solo se diluyen mutuamente hasta no distinguirse, hasta confundirse. Sin ser, un uno con ella, pero tampoco un uno con ellos mismos, porque no se atreven a vivir. Complicándolo todo, intentando retorcer lo que podría ser recto, y en el fondo retrasando el dolor que de un modo u otro, es inevitable.
"El ego teme que, si reconocemos la presencia de la naturaleza de la Vida/Muerte/Vida, en nuestra existencia no podamos volver a ser felices nunca más. ¿Acaso hemos sido siempre absolutamente felices? No. Pero el ego subdesarrolado es tan simple como un niño no socializado, y encima, no excesivamente despreocupado; es más bien como un niño que anda vigilando constantemente para llevarse la loncha más grande, la cama más mullida, el amante más guapo [...] Es necesario un corazón dispuesto a morir y nacer y volver a morir y a nacer una y otra vez [...] rodando con lo aspero y resbalando con lo suave".
Fragmento de Mujeres que corren con los lobos de Clarissa Pinkola Estés
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