miércoles, 23 de abril de 2014

Dolores y paraguas

Es verdad que uno después de ver Los paraguas de Cherburgo uno se siente tan bien como mal. Con la sensación de haber tenido la belleza y el amor tan cerca de sus ojos como lejos de su alcance. Ciertamente, también parece que esto le habla más a uno del mundo real, del pan duro de cada día, y no desde el elevado pedestal de los romances de ensueño del celuloide hollywoodiense. Y esto a uno lo desola y lo deja a su suerte con su dolor. Y como principal sufriente de la historia. Con sus percepciones y asociaciones. Con sus recuerdos.

Lo cierto es que hay trenes que quizás no deberíamos coger. Porque la verdad es que ellos se querían, y cuando la gente se quiere de verdad, debería intentar no negar ese sentimiento, ni descarrilarse por la vía de lo seguro y de lo cómodo. "El tiempo no cura, las paredes no tapan", diría algún personaje de Lorca. Pero ya se sabe que hay gente que prefiere no mojarse, y saca los paraguas sentimentales cuando simplemente chispea, algunos incluso cuando aún hace sol. Quizás Holliwood sea más idílico. Pero también parece (algunas veces en algún sentido, quizá el moral) algo más santo, y sin renunciar al dolor. A pesar de que se pase por el forro lo que digan los libros, ya no los manuales de estilo, sino los que inspiran las películas. Pero no voy a mentir, a mí me gusta más este final que el de Capote, aunque como original y como buen final tiene todo su encanto. Pero quizás el del cine responde más a la verdad del meant to be. Y si sale Audrey Hepburn, y un gato que maulle como quizás haríamos algunos de nosotros, mejor que mejor.

Fotograma: Desayuno con Diamantes


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