Nietzsche
empezó a ensimismarse y a perder la chaveta. Pero como leí que
pensaba Sergio Marín (@__Smarin): “Nietzsche cae, pero incluso en
su caída es más digo de mirar a los ojos a muchos que dicen tenerse
en pie”. Y ese gesto sensible (aunque quizás exacerbado) de
lanzarse al cuello de un caballo que está siendo latigado, lo
demuestra. Y no es de extrañar tener esa empatúa por los animales
cuando no se tiene por el ser humano.
Lo
cierto es que la sociedad tiene conductas tan masificadas como
horribles. Pero incluso ahí, hay que reconocer una verdad: Los
gitanos (benditos festivaleros) siempre son otra cosa. Quizás la
excepción que confirma la regla. Quizás el canto a la libertad que
todos necesitamos. Pero en cualquier caso, (aún cuando son mangantes
y trapicheros) una ruptura encantadora. Porque muchas veces son mucho
más libres (en el buen sentido) que nosotros, como caballos salvajes
que trotran con el viento. Casi seguro que si el filósofo alemán
hubiera encontrado más liados en ellos que en sus letras, le
hubieran sacado sacado de su soledad hasta cultivarse en la danza de
la rumba. Opino que posiblemente, si hubiera dado con los adecuados,
ellos lo hubieran llevado en un galope al mundo de la alegría y de
la música, que él tanto ensalzaba (después de todo incluso llegó
a ser compositor). Y como la mayoría son evangelistas, quizás
incluso le hubieran devuelto la confianza en Dios. Y es que el bueno
de Friederich no estaba en esto equivocado. Sí, Dios ha muerto. Eso
es algo que posiblemente los feligreses que no confían
verdaderamente en la omnipotencia le ayudaron a recontrarreconfirmar
esta idea. Porque no nos damos cuenta, pero muchas veces los peores
monstruos si no los creamos nosotros, se crean con nuestra ayuda.
Pero en fin, nadie consiguió convencerle de que Jesucristo
resucitado. Y al margen de eso, sigo pensando: una pena no haberse
arrimado lo suficiente a los gitanos. Seguro que hubiera ladrado,
maullado, y hasta relinchado.
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