Lo
ideal sería que algo roto se arreglara instantáneamente, como quien
chasquea los dedos y enciende una lámpara, quien coge la de Aladino
y frota hasta que invoca al genio o quien toca una campanilla y reúne
varios sirvientes a su lado. Pero la modernidad no ha movido con el
mismo tesón los hilos de la tecnología que los del perdón o la
capacidad de reestructuración psicológica. Pronto (a veces por
suerte no), cambiamos de coche, de lavadora, de ropa. Casi con la
misma esquizofrenia con que se cambia de pareja, de amigos, o de lo
que verdaderamente se cambia cuando se hace esto de modo demasiado
frenético: de volubles y egoístas intereses. Pero cuando algo se ha
instalado en las entrañas, para bien o para mal no podemos cambiar
de corazón.
En
esto García Lorca fue certero. En el que es posiblemente uno de los
mejores pasaje de Bodas
de sangre, se
dice: "Callar y quemarse es el castigo más grande que nos
podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no
mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada, sirvió
para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que
las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas
llegan a los centros no hay quien las arranque!"
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| Fotograma de Paris-Texas
Pero
lo clásico así se llama porque nunca muere. Y la modernidad no
podía destrozar la figura del tío Ethan. Alguien que llega, hace su papel, y se va. Y seguimos sin saber muy bien que pasa
después, en cuanto a la propia trama principal se refiere. El final
es abiero e incierto. Lo verdad es que todo ha sido menos París (el
francés, el del romanticismo, ese que sale en las postales) que
Texas. Pero en realidad quizás no todo haya terminado (no lo
parece). Y a pesar de la rotura, la esperanza sigue latiendo, como
sobreviven, como he dicho anteriormente en otras palabras, esas cosas
que se cuelan en los adentros.
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