"A thing of beauty is a joy forever". (John Keats)
Ni
a la ruta Quetzal, ni al Ártico, ni a la muralla China, ni a la
Patagonia, ni al Taj Mahal. Algunos viajes transgreden los
límites de lo físico porque son mucho más. Hay gente que viaja al
quinto anillo de Saturno sin moverse del sofá, o al París de los 50
mientras pasa la mopa, o a la boda de sus sueños mientras va camino
de la casa de su abuela. Porque hay cosas externas que sin ser ser
una de las siete maravillas del mundo nos consiguen enmarcar en un
viaje interior. Como por arte de magia, espontáneamente, como si
hubiera un resorte secreto en nuestras entrañas que se activa con
ciertas situaciones que suceden en el mundo. Y ese periplo puede ser
como el descenso de Dante al infierno o las Ítacas de Homero, o como el 'Ticket to heaven' que cantaban los Dire Straits. Puede ser durar
lo que el 'moment in paradise' que tarareaba la ELO o los '19 días y
500 noches' que contaba el genio Sabina. Porque el mundo interior es
personal e intransferible, y como las personas, es complejo,
recóndito y en cierto modo ignoto, tanto o más como el mundo de ahí
fuera. Si no es acaso, su pseudoextirpado siamés, su extraño
gemelo. O algún tipo de reminiscencia o reflejo. Y a pesar de sus
diferencias, muchas veces, con voluntad y una mirada limpia, entre
ambos dos se llega a armonía y entendimiento. Lo mismo entre dos
universos interiores que se chocan o que se acarician. Y así es como
he sentido yo algunas de estas películas, a veces como un agradable
contacto, otras como un golpe. Porque a veces algo se me rompía
dentro y originaba algo nuevo, se abría un novedoso resquicio de
consciencia. Siempre un viaje, hacia todo lo que no soy yo pero hacia
todo lo que me afecta. Porque no hace falta más, ya lo decía
Sabina, "Ligero de equipaje [...] mi corazón de viaje".
Cojo lo que necesito, se queda conmigo, sin plazos, lo que realmente me
hace falta.
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| Lluvia, vapor y velocidad , William Turner |

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