miércoles, 19 de marzo de 2014

Paris-Texas, la modernidad y lo perdurable

Lo ideal sería que algo roto se arreglara instantáneamente, como quien chasquea los dedos y enciende una lámpara, quien coge la de Aladino y frota hasta que invoca al genio o quien toca una campanilla y reúne varios sirvientes a su lado. Pero la modernidad no ha movido con el mismo tesón los hilos de la tecnología que los del perdón o la capacidad de reestructuración psicológica. Pronto (a veces por suerte no), cambiamos de coche, de lavadora, de ropa. Casi con la misma esquizofrenia con que se cambia de pareja, de amigos, o de lo que verdaderamente se cambia cuando se hace esto de modo demasiado frenético: de volubles y egoístas intereses. Pero cuando algo se ha instalado en las entrañas, para bien o para mal no podemos cambiar de corazón.


En esto García Lorca fue certero. En el que es posiblemente uno de los mejores pasaje de Bodas de sangre, se dice: "Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y el dejarte despierta noches y noches? ¡De nada, sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros no hay quien las arranque!"
Fotograma de Paris-Texas


Pero lo clásico así se llama porque nunca muere. Y la modernidad no podía destrozar la figura del tío Ethan. Alguien que llega, hace su papel, y se va. Y seguimos sin saber muy bien que pasa después, en cuanto a la propia trama principal se refiere. El final es abiero e incierto. Lo verdad es que todo ha sido menos París (el francés, el del romanticismo, ese que sale en las postales) que Texas. Pero en realidad quizás no todo haya terminado (no lo parece). Y a pesar de la rotura, la esperanza sigue latiendo, como sobreviven, como he dicho anteriormente en otras palabras, esas cosas que se cuelan en los adentros.






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